Las lágrimas de Isaac Asimov

Camino por la calle y apenas siento frío.
La chica que sostiene mi mano dice que me ama . Lo dice. No me alegro. Ni siquiera me enfado. Sé con toda seguridad que no quiere hacerme daño. ¿Soy un optimista? Lo dudo.
Quizás debería de sentirme culpable al contestarle con las mismas 2 mentiras que salen de mi boca. Pero a pesar de la falta de rastro en forma de vaho, que resta credibilidad a mis palabras, ella me aprieta con fuerza su mano. Ella me cree. Ella quiere creerme. Me besa y se marcha. Quizás para siempre. Solo me deja una mejilla sellada con un fin frío, húmedo y salado. Y no me acabo de dar cuenta.

Atrás quedaron miles de imágenes, sonrisas y miradas. Todas nítidas. Nunca antes, ni tan siquiera ahora, fui capaz de empañar y distorsionar cada uno de esos momentos.
Y es ahora cuando empiezo a comprender...
No vine a este mundo para amar, odiar o pensar. No vine para creer, desear o admirar. Tampoco para para envidiar, compadecer o dudar. Pero a pesar de todo, al menos me queda la esperanza de que esto empieza a darme miedo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario